11 de Marzo de 2001 ¿Cuánto le cree al IPC?
El vespertino La Segunda publicó durante febrero una veintena de entrevistas a líderes de opinión, cubriendo temas personales, como lo que recordaban del primer beso o la primera vez que dijeron "te amo", y temas generales, como la pregunta que titula esta columna. Casi todos los entrevistados respondieron que no le creían al IPC, coincidiendo en que los precios suben mucho más de lo que indican las cifras oficiales. Qué mejor confirmación de la desconfianza anterior que un IPC oficial negativo (de 0,3%), durante febrero recién pasado. El Indice de Precios al Consumidor (IPC) se calcula como el precio de una canasta de bienes que representa el consumo de la familia "típica" chilena. Esta canasta comprende casi 500 bienes, entre ellos cereales, lentejas, cunas, trajes de baño, automóviles usados, mensualidades escolares, TV cable y analgésicos. Lo que reporta la prensa son las variaciones mensuales (y anuales) del IPC. De más está decir que el consumo de cada familia particular difiere de manera importante de la canasta que considera el INE. Quienes no tienen hijos, no compran cunas; otros no tienen TV cable, etc. Sin embargo, el hecho anterior no basta para concluir que el IPC no mide correctamente las variaciones del costo de la vida de una familia particular, ya que las diferencias en los cambios de precio de la canasta oficial y aquella de una familia particular tienden a cancelarse en el tiempo. En efecto, hacia comienzos de los noventa una ONG decidió calcular el IPC de una canasta de bienes representativa de la situación de las familias de bajos ingresos (el "IPC de los pobres"), convencida de que encontraría un IPC sistemáticamente por encima del oficial. Cada mes, esta ONG llamaba a una conferencia de prensa, anunciando algunas veces un IPC de los pobres algunas décimas por encima de las cifras oficiales y otras veces algunas décimas por debajo. En promedio, sin embargo, las diferencias se cancelaban en el tiempo, de modo que finalmente la ONG en cuestión dejó de publicar el IPC de los pobres. Durante los últimos 20 años no existe evidencia alguna de que el INE haya reportado cifras del IPC inferiores a las verdaderas. Si el gobierno manipula los datos del IPC, la oposición tiene incentivos enormes para denunciar dicha manipulación. Que es posible detectar situaciones en que el INE falsea los datos del IPC quedó demostrado hacia fines de los setenta, cuando dos (en aquel entonces) jóvenes economistas, René Cortázar y Jorge Marshall, mostraron que las cifras oficiales del IPC subestimaban la inflación verdadera. Así, por ejemplo, el IPC oficial de 1976 y 1978 estuvo un 23 y 21% por debajo del calculado por Cortázar y Marshall. Que éstos tenían razón queda demostrado por el hecho de que todo economista que analiza la década de los setenta incluye las correcciones hechas por estos autores. Cabe entonces preguntarse por qué la gran mayoría de los chilenos percibe que el IPC oficial en la actualidad subestima el costo de la vida cuando esto no es cierto. No tengo la respuesta, pero me atrevo a conjeturar que los precios que más suben en un mes determinado influyen sobre nuestras percepciones más de lo que corresponde. Nos olvidamos de aquellos bienes cuyos precios no cambiaron o descendieron cuando aproximamos, intuitivamente, nuestro IPC personal. Esta "memoria selectiva" podría explicar una percepción errada generalizada. A estas alturas, espero haber convencido al lector de que debe creerle al IPC. Ahora quiero ir un paso más allá. Nada es perfecto, el IPC tiene sus sesgos, pero éstos apuntan en la dirección contraria a la que sugieren nuestras percepciones. En efecto, existen al menos dos factores que llevan al IPC a sobreestimar cuánto aumenta el costo de la vida de una familia chilena. Primero, las ponderaciones que el IPC da a los distintos bienes y servicios no responden a variaciones de precios. Cuando el precio de las manzanas sube un 20% y el de las naranjas no cambia, la mayoría de las familias aumenta su consumo de naranjas y disminuye su consumo de manzanas, aminorando el efecto del alza del precio de las manzanas. El IPC no considera esta posibilidad, al suponer que la fracción del presupuesto dedicado a consumir manzanas y naranjas no cambia. Un segundo problema se presenta con las mejoras de calidad y los avances tecnológicos. Un computador hoy día tiene más memoria y procesa la información con mayor rapidez que un computador hace 10 años. Operarse de cataratas hoy día es mucho más simple y tiene probabilidades mucho mayores de éxito que hace una década. En ambos casos, el servicio que compramos hoy es mucho más que el servicio que comprábamos hace una década, cuestión que no se ve reflejada en el cálculo del IPC. En el caso de los Estados Unidos, se ha estimado que el efecto combinado de una serie de sesgos como los anteriores lleva a que el IPC oficial sobreestime el verdadero en alrededor de un punto porcentual por año. Posiblemente, el sesgo en el caso de Chile no sea muy distinto. En resumen, si le preguntan si le cree al IPC diga que sí, que no es cierto que el IPC oficial es menor que el verdadero. Y si su interlocutor todavía está poniendo atención luego de esta respuesta, puede agregar que, a pesar de que nuestras percepciones sugieren exactamente lo contrario, el IPC oficial sobreestima el aumento de los precios. (*) Académico y director del CEA, Universidad de Chile |